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Aquella última comida

por arpolo99 @ 2007-12-06 - 16:50:51

Aquella última comida (A la memoria de Manuel Bermúdez)
(En el Parador de Santillana del Mar en donde bien
pudiera trajinar D. José González González)

Solía decir mi compañero de mesa (hombre con el que compartí similares gustos en lo referente al punto de la carne, así como en lo que concierne a ciertos negocios comunes) que él es persona condescendiente pero que jamás me perdonaría si alguna vez olvidaba la dirección de un buen restaurante. No es este el caso. El restaurante en cuestión puede el viajero encontrarlo sin problemas —para satisfacción de D. Manuel Bermúdez§— (Gran Maestre de la Orden del Asado) y que a la sazón me introdujo en los impenetrables secretos del excelente chuletón de buey que sirven en un restaurante de Berritz.

No tiene pérdida. Para llegar al restaurante el viajero puede optar por el camino más rebuscado, si es que se acerca a Santillana del Mar por la Autovía de Santander o se ha demorado antes en Suances. Si toma éste último itinerario dejará el mar a sus espaldas y tendrá que descender por una carretera desde la que ya divisará a lo lejos las Torres de Merino y de Don Borja. Atrás habrá dejado entonces una encrucijada de caminos desde la que a punto estuvo de caer y acabar siendo devorado por la lamprea o en su defecto por los cangrejos que sestean entre las rocas. Don Manuel, como hombre paciente que era, siempre prefería esta alternativa, acaso más rebuscada pero con cuya demora, sin duda, se logra una elaboración más notable de los jugos gástricos.

—No te confundas amigo —solía decirme— para comer, lo primero que hace falta es comida, y lo segundo, imaginación.

Y así entre curvas, stops y vericuetos la boca se le iba haciendo agua que es uno de los jugos más precisos que se requieren para iniciarse en el soberbio arte de la gastronomía, y mientras soltaba el pie del embrague de su flamante Seat Toledo contaba con precisión y sumo deleite cómo acabó con todas las provisiones de gambas de un pequeño restaurante de Almería.

—Comí tantas gambas —llegó a contarme aquel día— que llegué a perder el sentido de la orientación —añadió.

Y créanlo o no, pero cuando preparaba de nuevo su estómago para otra sentada —esta vez con la intención de dar buena cuenta de una docena de sardinas asadas y de un enjambre de frituras cerca de la playa— descubrió que en vez de bajar hacia el mar había llegado a lo más alto del pico Mulhacén. Y así entre ahogos y requiebros de tripas se dijo mi buen amigo: “pues si sigo un poco más lo mismo llego a tiempo para comer un cordero en Arandaâ€. Dicho y hecho.

Y por fin llegamos al restaurante. Yo sobrecogido por lar ortigas que devoraban los lindes del camino y él con la oculta intención de comer dos veces. No nos detuvimos más que el tiempo estrictamente necesario para corresponder también a los comensales que entonces esperaban. Cruzamos, por tanto, la cocina como dos generales que pasan revista a sus tropas. En hileras aguardaban solícitas las doradas a la sal y los róbalos en salsa de ostiones, el bogavante castañeteaba sus pinzas a nuestro paso, y la melva —bañada en aceite— presentaba sus respetos a un bacalao con tomate que tenía los minutos contados mientras un admirable sorropotún hacía guardia bajo la desafiante presencia del cocido montañés. Y al final, ya en el cuarto de banderas que formaba el distribuidor de la cocina y el salón de primavera, don Manuel saludó al embajador de las Ollas y los Fogones con la habitual fórmula que lo hiciera famoso por aquellos pagos:

—¡A ver qué nos dais hoy de comer, pues!.

Y nos dieron. ¡Vaya si nos dieron! Excepto las llaves de la despensa nos dieron de todo. Nos dio la bienvenida primero un salteado de anchoas con guarnición de pimientos de piquillo al que pronto se le unió un plato de jamón ibérico destacado para rendir honores a una botella de Marqués de Vargas del 96, la cuál se cuadró a su vez ante la llegada de una inefable “cabrita†del Cantábrico de dos kilos y medio. “Hay que ser un imbécil para decir que Dios no existe†—solía afirmar ante espectáculos similares.

Y a la “cabrita†le siguieron unos medallones de merluza sobre espárragos verdes para desplazar el vigor que el hinojo había conquistado minutos antes, y por fin don Manuel reconoció que nos habían dado bien de comer. ¡Vaya si nos dieron de comer! Nos dieron también las tres y cuarto de la tarde y aún tuvimos tiempo para cruzar las puertas del Paraíso cuando apareció en la mesa una doncella con dos porciones de leche frita y una quesada pasiega que había bajado del cielo. Y por fin, satisfechos como dos cardenales del Renacimiento, don Manuel corrió tres orificios de su cinturón y me dijo:

—Lo malo del pescado es que es tan ligerito, que luego a media tarde tiene uno que volver a picar, y así no hay quien se coma un solomillo de añojo para la cena.


 
 

Aquella última comida

por arpolo99 @ 2007-12-06 - 16:45:43

Aquella última comida
(En el Parador de Santillana del Mar en donde bien
pudiera trajinar D. José González González)

olía decir mi compañero de mesa (hombre con el que compartí similares gustos en lo referente al punto de la carne, así como en lo que concierne a ciertos negocios comunes) que él es persona condescendiente pero que jamás me perdonaría si alguna vez olvidaba la dirección de un buen restaurante. No es este el caso. El restaurante en cuestión puede el viajero encontrarlo sin problemas —para satisfacción de D. Manuel Bermúdez§— (Gran Maestre de la Orden del Asado) y que a la sazón me introdujo en los impenetrables secretos del excelente chuletón de buey que sirven en un restaurante de Berritz.

No tiene pérdida. Para llegar al restaurante el viajero puede optar por el camino más rebuscado, si es que se acerca a Santillana del Mar por la Autovía de Santander o se ha demorado antes en Suances. Si toma éste último itinerario dejará el mar a sus espaldas y tendrá que descender por una carretera desde la que ya divisará a lo lejos las Torres de Merino y de Don Borja. Atrás habrá dejado entonces una encrucijada de caminos desde la que a punto estuvo de caer y acabar siendo devorado por la lamprea o en su defecto por los cangrejos que sestean entre las rocas. Don Manuel, como hombre paciente que era, siempre prefería esta alternativa, acaso más rebuscada pero con cuya demora, sin duda, se logra una elaboración más notable de los jugos gástricos.

—No te confundas amigo —solía decirme— para comer, lo primero que hace falta es comida, y lo segundo, imaginación.

Y así entre curvas, stops y vericuetos la boca se le iba haciendo agua que es uno de los jugos más precisos que se requieren para iniciarse en el soberbio arte de la gastronomía, y mientras soltaba el pie del embrague de su flamante Seat Toledo contaba con precisión y sumo deleite cómo acabó con todas las provisiones de gambas de un pequeño restaurante de Almería.

—Comí tantas gambas —llegó a contarme aquel día— que llegué a perder el sentido de la orientación —añadió.

Y créanlo o no, pero cuando preparaba de nuevo su estómago para otra sentada —esta vez con la intención de dar buena cuenta de una docena de sardinas asadas y de un enjambre de frituras cerca de la playa— descubrió que en vez de bajar hacia el mar había llegado a lo más alto del pico Mulhacén. Y así entre ahogos y requiebros de tripas se dijo mi buen amigo: “pues si sigo un poco más lo mismo llego a tiempo para comer un cordero en Arandaâ€. Dicho y hecho.

Y por fin llegamos al restaurante. Yo sobrecogido por lar ortigas que devoraban los lindes del camino y él con la oculta intención de comer dos veces. No nos detuvimos más que el tiempo estrictamente necesario para corresponder también a los comensales que entonces esperaban. Cruzamos, por tanto, la cocina como dos generales que pasan revista a sus tropas. En hileras aguardaban solícitas las doradas a la sal y los róbalos en salsa de ostiones, el bogavante castañeteaba sus pinzas a nuestro paso, y la melva —bañada en aceite— presentaba sus respetos a un bacalao con tomate que tenía los minutos contados mientras un admirable sorropotún hacía guardia bajo la desafiante presencia del cocido montañés. Y al final, ya en el cuarto de banderas que formaba el distribuidor de la cocina y el salón de primavera, don Manuel saludó al embajador de las Ollas y los Fogones con la habitual fórmula que lo hiciera famoso por aquellos pagos:

—¡A ver qué nos dais hoy de comer, pues!.

Y nos dieron. ¡Vaya si nos dieron! Excepto las llaves de la despensa nos dieron de todo. Nos dio la bienvenida primero un salteado de anchoas con guarnición de pimientos de piquillo al que pronto se le unió un plato de jamón ibérico destacado para rendir honores a una botella de Marqués de Vargas del 96, la cuál se cuadró a su vez ante la llegada de una inefable “cabrita†del Cantábrico de dos kilos y medio. “Hay que ser un imbécil para decir que Dios no existe†—solía afirmar ante espectáculos similares.

Y a la “cabrita†le siguieron unos medallones de merluza sobre espárragos verdes para desplazar el vigor que el hinojo había conquistado minutos antes, y por fin don Manuel reconoció que nos habían dado bien de comer. ¡Vaya si nos dieron de comer! Nos dieron también las tres y cuarto de la tarde y aún tuvimos tiempo para cruzar las puertas del Paraíso cuando apareció en la mesa una doncella con dos porciones de leche frita y una quesada pasiega que había bajado del cielo. Y por fin, satisfechos como dos cardenales del Renacimiento, don Manuel corrió tres orificios de su cinturón y me dijo:

—Lo malo del pescado es que es tan ligerito, que luego a media tarde tiene uno que volver a picar, y así no hay quien se coma un solomillo de añojo para la cena.

Manifiesto para un sueño democrático del agua

por arpolo99 @ 2006-08-27 - 19:51:01

El remanso de los arroyos

Que las aguas circulen libremente
y Heráclito se bañe en un río distinto cada día.

Que los aljibes tengan un cráter en la Luna
para regar los parques solo a medianoche.

Que los arroyos descansen en el remanso de los meandros
y el Amazonas tenga la condición de una divinidad antigua.

Que se mantenga el idilio de los deltas
con las aguas fronterizas de las desembocaduras.

Que los neveros sean la pila bautismal de las cataratas
y bañarse desnudo sea tan solo un acto de contrición.

Que dejen desandar el camino a todos los salmones.

Que las lagunas nos hagan invulnerables a la altura del corazón,
y dejemos que Aquiles se arranque una flecha de fresno.

Antonio Polo

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Agua Sin Fronteras

La próxima estación

por arpolo99 @ 2006-08-25 - 19:59:33

Campos de trigo

Para volver a ser dichosos, nos recuerda Luís Rosales en uno de sus poemas, es solamente preciso el estipendio de recordar. La memoria es, sin duda, una fuente inagotable de riqueza. Lo ha sido siempre y lo será con mayor motivo durante esta próxima estación. Y es que los meses antiguos, pasados ahora por el tamiz de la nostalgia, nos dejan un precipitado blanco y puro al condensar las pequeñas cosas que constituyen la felicidad. Por eso para adelantarnos a la fortuna de los meses venideros, traeremos aquí la verdadera historia de unas botas viejas, los entresijos infatigables de un viajero, los aires buenos de una bandera que tremolaron a los ojos de un viejo sastre saharaui, las concisas miradas sobre la redención, y el mar azul como resultado de todos los misterios. Para volver a ser dichosos, nos recordaba el poeta- tenemos que volver a recordar, porque si no “la brisa del mar será como un niño ciegoâ€.

Antonio Polo

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¡A quien corresponda!

por arpolo99 @ 2006-08-24 - 23:00:36

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